Abejas para medir los niveles de contaminación

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Las abejas son unos insectos sociales fascinantes, y no sólo por su indispensable capacidad polinizadora o su curiosa estructura social. Ahora los científicos han descubierto que pueden servir para medir los niveles de contaminación, pues en su miel se acumulan restos de plomo, zinc, cobre y otros elementos pesados.

Las abejas son esenciales para nuestra supervivencia, pues son los mayores polinizadores de las plantas con flor que hay en la naturaleza. La comunidad científica ha descrito hasta ahora unas 20.000 especies. De ellas, la abeja europea (Apis mellifera), es las más preciada, pues es las polinizadora más prolífica y la que cuenta con una mayor área de distribución. Sin embargo, además de su incalculable papel ecológico, estos insectos también pueden convertirse en un biomarcador eficaz con el que medir la salud de los ecosistemas urbanos.

Es la conclusión a la que llegó un equipo de investigadores de la Universidad de la Columbia Británica que analizó la miel de las colmenas que encontraron en la zona para realizar un seguimiento de los metales pesados presentes en los alrededores de Vancouver.

“Las abejas obtuvieron las muestras por nosotros -afirma la doctoranda Kate Smith, investigadora del Centro para Investigación Geotérmica y Isotópica (PCIGR por sus siglas en inglés), autora de un estudio publicado recientemente en la revista Nature Sutainability– por lo que la miel que producen es como una imagen instantánea de la salud de los ecosistemas que rodean a cada colmena”.

“El uso de miel para detectar metales pesados es increíblemente útil -afirma la investigadora-, pues es un biomarcador que puede utilizarse durante largos períodos de tiempo, proporcionándonos una base sobre la que comparar las transformaciones que experimente Vancouver en el futuro en diferentes ámbitos: población, cambios en el uso del suelo, urbanización o políticas medioambientales”. Aunque por lo general, las muestras de miel analizadas no eran perjudiciales para el consumo (una persona adulta tendría que ingerir 600 gramos para superar los niveles máximos saludables), los investigadores concluyeron que las colmenas más cercanas a zonas con más tráfico, densidad de población y actividad industrial incluían una mayor proporción de plomo y otros metales pesados.

En concreto, el equipo de la Universidad de la Columbia Británica analizó muestras de miel procedentes de colmenas de seis barrios de Vancouver, para luego medir con precisión la presencia de contaminantes. “Los instrumentos de los que disponemos en el PCIGR son extremadamente sensibles, capaces de detectar estos elementos hasta en partes por billón, el equivalente a una gota de agua de una piscina olímpica,” asegura Dominique Weis, uno de los autores del estudio y director del citado centro, en una nota de la Universidad de la Columbia Británica.

“Usamos una técnica llamada ‘identificación isotópica’ –explica Smith a National Geographic España–. El plomo tiene dos isótopos (átomos con el mismo número atómico) estables, cuya proporción varía en función de la edad y la fuente del metal. De este modo, nos permite obtener información sobre su procedencia”, aclara. Smith y su equipo cotejaron la información isotópica de las muestras de miel con los datos obtenidos por el PCIGR durante la última década derivado del análisis de restos de líquen de los alrededores de la Columbia Británica, rocas del Cinturón Volcánico Garibaldi, en las montañas del Pacífico, restos sedimentarios del río Fraser y de árboles del parque Stanley de Vancouver, y se dieron cuenta de que los metales pesados no se correspondían con el de las muestras obtenidas en la base de datos, por lo que dedujeron que debían de proceder de actividades humanas.

“Los científicos han concluido que los metales pesados hallados en la miel de Vancouver tiene su origen en países asiáticos”

Los culpables: los humanos

“En general, la firma química que obtuvimos de las muestras de miel de distintas zonas la ciudad reflejaba las características de las flores que rodean a las colmenas, pero también contenían fuentes asociadas con el uso del suelo: tráfico terrestre y marítimo, ferrocarriles y zonas agrícolas.”

Cual fue su sorpresa cuando descubrieron que los restos de metal que encontraron en al miel de Vancouver coincidía con muestras procedentes de ciudades asiáticas. Teniendo en cuenta que el 70% de los buques mercantes que recalan en el puerto de Vancouver proceden de algún país asiático, lo más probable es que el intenso tráfico comercial haya provocado un considerable aumento de estos elementos pesados en el medio ambiente, y, por ende, en la cadena alimentaria, afirma uno de los científicos involucrados en el estudio.

Ciencia ciudadana

La investigación fue llevada a cabo en colaboración con Hives for HumanityColmenas para la humanidad”, una ONG local que colabora con comunidades vecinales de Vancouver para fomentar la apicultura urbana. “De este modo -afirma Smith- ayudamos a que las comunidades locales se involucren en proyectos científicos y tomen conciencia sobre la importancia de la conservación de los ecosistemas locales”. Las colmenas, según aclara, existen en todo el mundo, y la miel es un producto que puede adquirirse fácilmente, lo que podría proporcionar una miríada de datos útiles sobre la evolución de la salud de los ecosistemas urbanos.

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